
El paisaje a las afueras de la ciudad de Trancas se presenta con la sencillez de su vegetación y el rigor del clima norteño. Sin embargo, en medio de la geografía tucumana, el Pozo del Pescado —también conocido como el Pozo de los Milagros— se erige como uno de los epicentros de fe más importantes de la región. En este sitio, según la tradición oral que data de 1590, San Francisco Solano clavó su bastón de madera para calmar la sades de un pueblo acosado por una severa sequía.
Hoy, el lugar conserva una fisonomía austera: árboles corpulentos que brindan sombra, una pequeña ermita que resguarda la imagen del santo y, en el centro, el piletón de piedra de donde brota, de manera constante, el agua subterránea. El silencio del predio solo se interrumpe por el murmullo de los rezos y el sonido del agua al ser embotellada por los visitantes.

Historias de fe en primera línea
Los fieles que llegan al santuario suelen acarrear complejas realidades de salud y necesidades personales, encontrando en el agua del pozo una alternativa de esperanza.
Entre los presentes se encontraba Irma, una vecina que viajó desde las primeras horas del día desde San Miguel de Tucumán cargando tres bidones plásticos vacíos.
“Es para mi nieto. Le diagnosticaron una enfermedad difícil en los pulmones. Los médicos hacen lo suyo, pero yo sé que esta agüita limpia le va a dar la fuerza que le falta”, explicó la mujer con profunda devoción, mientras sumergía un jarro para llenar sus recipientes y persignarse ante la piedra húmeda.
A pocos metros, el panorama de agradecimiento se repite. Carlos, un joven obrero de la zona, se acercó a la estatua de San Francisco Solano para cumplir con una promesa. Según relató, hace un año su esposa agonizaba tras un accidente vial y los pronósticos médicos eran desalentadores.
“Vine a agradecer. Ella hoy está en casa, caminando. Los doctores no le daban esperanzas, pero el Santito escuchó. Prometí volver cada año a limpiar este lugar y a traerle flores”, manifestó.
Como dicta la costumbre, Carlos tocó tres veces la campana de la ermita, un ritual que, según la creencia de los fieles, sirve para llamar la atención del santo hacia las peticiones realizadas.
Donde la lógica se rinde ante la fe
Más allá de las explicaciones científicas y geológicas respecto al comportamiento de las napas subterráneas de la zona, el Pozo del Pescado funciona como un fenómeno sociológico y espiritual donde la lógica cede ante la necesidad humana de creer.
El agua, que se mantiene fresca y cristalina a pesar de las altas temperaturas de la tarde tucumana, es el vehículo de una cadena invisible de resiliencia comunitaria. En Trancas, la fe trasciende la abstracción institucional y se convierte en algo tangible, que los devotos embotellan y llevan a sus hogares como una herramienta fundamental para sobrellevar la adversidad. /TN
