
En el marco del Día Internacional de la Obstetricia, que se conmemora el 31 de agosto, especialistas del Hospital Universitario Austral pusieron el foco en los embarazos gemelares, una gestación que no debe pensarse simplemente como un embarazo “por duplicado”, ya que tiene características, riesgos y esquemas de seguimiento propios desde las primeras semanas.
Los embarazos múltiples representan entre el 1% y el 2% de las gestaciones y presentan un mayor riesgo de complicaciones perinatales. De acuerdo con datos del NICE citados por el Hospital Austral, alrededor del 60% de los embarazos gemelares termina en un parto antes de las 37 semanas y también aumenta la probabilidad de preeclampsia y diabetes gestacional.
“Nuestro objetivo es acompañar el desarrollo de cada bebé de manera individualizada e identificar precozmente posibles complicaciones”, explicó Mariana Esteban, coordinadora de la Clínica de Embarazo Múltiple y consultora de la Unidad de Medicina Fetal del Hospital Universitario Austral.
El primer dato importante: cuántas placentas y bolsas existen
Uno de los aspectos que determina cómo será el seguimiento aparece muy temprano en el embarazo. Más allá de la diferencia cotidiana entre “gemelos” y “mellizos”, desde el punto de vista médico lo relevante es determinar cuántas placentas y bolsas amnióticas hay.
Cuando cada bebé tiene su propia placenta, se habla de un embarazo bicorial. Cuando ambos comparten una, es monocorial. También pueden desarrollarse en bolsas amnióticas diferentes o, en situaciones menos frecuentes, compartirlas. Este diagnóstico debería realizarse idealmente entre las semanas 10 y 12, ya que modifica el esquema de controles.
En los embarazos monocoriales, el seguimiento suele incluir ecografías con Doppler cada dos semanas desde la semana 16, destinadas a controlar el crecimiento de cada bebé, el líquido amniótico, la circulación fetal y el riesgo de parto prematuro.
En los bicoriales, en cambio, el seguimiento suele ser mensual desde aproximadamente la semana 20, aunque siempre debe adaptarse a la evolución particular de cada embarazo.
La ecografía cumple en este contexto un papel mucho más amplio que simplemente mostrar la imagen de los bebés. Permite estudiar la anatomía, el crecimiento fetal, la placenta, el líquido amniótico y distintos indicadores de bienestar.
Según cada caso, pueden agregarse estudios como Doppler, neurosonografía avanzada, ecocardiografía fetal o resonancia magnética fetal para identificar alteraciones estructurales o funcionales y detectar signos tempranos de compromiso fetal.
Qué riesgos específicos necesitan una vigilancia más estrecha
Los embarazos en los que ambos fetos comparten una placenta requieren una atención particular porque pueden aparecer complicaciones relacionadas con esa circulación placentaria común.
Una de ellas es el síndrome de transfusión feto-fetal, que se produce cuando existe un desequilibrio en el flujo sanguíneo a través de las conexiones vasculares de la placenta. En ese escenario, uno de los fetos actúa como donante y el otro como receptor. Según el material del Hospital Austral, ocurre en aproximadamente entre el 10% y el 15% de estos embarazos.
También puede aparecer una restricción selectiva del crecimiento fetal, en la que uno de los bebés crece significativamente menos que el otro, generalmente como consecuencia de una distribución desigual del territorio placentario.
Otra complicación posible es la secuencia anemia-policitemia o TAPS, en la que pequeñas conexiones vasculares generan lentamente un desequilibrio: uno de los fetos presenta anemia y el otro un exceso de glóbulos rojos.
En algunos casos seleccionados de síndrome de transfusión feto-fetal puede realizarse cirugía fetal fetoscópica con láser, un procedimiento mínimamente invasivo destinado a coagular las conexiones vasculares responsables del problema.
“Este tratamiento cambió radicalmente el pronóstico de muchas familias”, señaló Esteban. Sin embargo, anticiparse no significa necesariamente operar: también puede implicar aumentar la frecuencia de los controles, indicar tratamientos específicos o definir el momento más seguro para el nacimiento.
Parto prematuro, salud materna y un mito que quedó atrás
La prematurez continúa siendo uno de los principales desafíos en los embarazos múltiples. Durante el seguimiento puede realizarse una cervicometría para medir la longitud del cuello uterino, habitualmente alrededor de la semana 20 y de manera periódica hasta la semana 32. Si se detecta un acortamiento precoz, pueden indicarse progesterona y controles más frecuentes.
El momento del nacimiento también se planifica en función del tipo de embarazo. En los embarazos bicoriales biamnióticos sin complicaciones, el parto suele programarse alrededor de las 37 semanas. En los monocoriales biamnióticos, en cambio, suele recomendarse alrededor de la semana 36, porque prolongar más la gestación puede aumentar progresivamente el riesgo fetal.
La salud materna también requiere una vigilancia más estrecha debido al mayor riesgo de preeclampsia, diabetes gestacional, hiperemesis gravídica y colestasis, entre otras posibles complicaciones.
“Guardar cama no disminuye el riesgo de parto prematuro y puede incluso aumentar la posibilidad de trombosis y otras complicaciones”, explicó Juliana Moren, jefa de la Unidad de Medicina Fetal del Hospital Universitario Austral.
En términos generales, la recomendación es llevar una vida normal, adaptando la actividad a la evolución de cada embarazo, disminuyendo las exigencias físicas cuando resulte necesario y siguiendo las indicaciones médicas.
Un embarazo gemelar necesita mayor seguimiento, pero eso no significa que las complicaciones sean inevitables. La gran mayoría evoluciona favorablemente y los avances en medicina fetal permiten hoy identificar muchas situaciones de riesgo de manera temprana, cuando todavía es posible controlar, tratar o elegir el momento más seguro para intervenir.
