
La causa por el femicidio de Érika Antonella Álvarez sumó en las últimas horas un elemento de alto impacto: la posible vinculación del narcotraficante brasileño Luiz Carlos da Rocha, conocido como “Cabeza Blanca”, uno de los criminales más buscados de Sudamérica durante décadas. Su nombre, rodeado de misterio desde su detención en 2017 en Mato Grosso, reaparece ahora en Tucumán como parte de una línea de investigación que podría modificar el alcance del expediente.
Sobre Da Rocha existe abundante información vinculada a su actividad criminal, pero escasos datos sobre su situación judicial actual. Incluso, no hay certezas sobre si continúa con vida. Sin embargo, el caso de Álvarez lo ubica nuevamente en escena, con indicios que sugieren que podría haber elegido la provincia como refugio para continuar operando en el narcotráfico a nivel internacional.
Gran parte de esta hipótesis se sostiene en el testimonio de Mayra Álvarez, hermana de la víctima, quien aportó detalles que coinciden con investigaciones previas sobre el llamado “Pablo Escobar de Brasil”. Según relató, Érika conoció al hombre bajo otra identidad, pero con el tiempo comenzó a descubrir documentos con distintos nombres y fotografías que correspondían a la misma persona. Entre ellos, figuraba el de Luiz Carlos da Rocha. “Ella investigaba porque no le gustaba la falsedad. Encontró papeles con su cara y distintas identidades”, explicó.
Da Rocha fue acusado de liderar una organización que traficaba alrededor de 5.000 kilos de cocaína al año hacia Europa y posiblemente Oceanía, además de montar estructuras criminales en varios países, especialmente en Paraguay, donde también se lo vinculó con complejas maniobras de lavado de activos.
El relato de la familia aporta otros elementos relevantes sobre su comportamiento en la clandestinidad. Según Mayra, el hombre no tenía residencia fija y alternaba entre distintos domicilios, entre ellos una vivienda en El Cadillal, donde se realizaban reuniones y encuentros sociales con adultos.
El abogado querellante Carlos Garmendia habría presentado pruebas de estas reuniones ante la Justicia Federal, incluyendo fotografías en las que aparecerían incluso funcionarios policiales de Tucumán y Santiago del Estero.
Las investigaciones brasileñas habían determinado que Da Rocha se sometió a múltiples cirugías estéticas para evitar ser identificado. Sin embargo, según el testimonio familiar, su apariencia no evidenciaba signos notorios de intervenciones, aunque sí llamaba la atención su aspecto juvenil para alguien que rondaría los 60 años.
El vínculo entre el presunto narco y la víctima no habría sido circunstancial. La familia aseguró haber compartido con él un encuentro en junio de 2024, cuando invitó a allegados de Érika a celebrar su cumpleaños en la casa de El Cadillal. Según el testimonio, el hombre participó activamente del evento, realizó compras, organizó un asado y se mostró cercano, aunque mantenía comunicaciones frecuentes en otro idioma, presumiblemente el que se habla en Paraguay.
En ese contexto, Mayra sostuvo que “Cabeza Blanca” mantenía económicamente a su hermana, aunque con restricciones cuando detectaba que el dinero se destinaba al consumo de drogas. Afirmó además que, si bien le proporcionaba marihuana para consumo personal, no la utilizaba como intermediaria para el transporte de estupefacientes.
El entorno en el que se movía la víctima también incluyó conexiones con actividades económicas vinculadas al lavado de activos. Según la declaración, fue presentada al supuesto narco por un hombre llamado Omar, relacionado con operaciones con criptomonedas, quien incluso habría financiado viajes a Buenos Aires. Este dato cobra relevancia en paralelo a una investigación federal encabezada por el fiscal Agustín Chit, en la que se analiza una presunta red de lavado de dinero para el Comando Vermelho, organización criminal brasileña.
Otro testimonio incorporado a la causa menciona que el entorno de la víctima estaría vinculado al traslado de grandes cargamentos de droga mediante vuelos clandestinos, con aterrizajes en campos de Tucumán y Santiago del Estero. Aunque esa versión fue inicialmente relativizada por tratarse de una persona con problemas de adicción, los dichos de la hermana de Érika reforzaron la hipótesis de una estructura delictiva más amplia.
Según su relato, la joven participaba de encuentros donde se concretaban “negocios pesados” y advertía a su pareja sobre posibles traiciones. “Cuando algo le daba mala espina, se lo decía y él le hacía caso”, afirmó. Esa dinámica, sostuvo, habría generado conflictos y enemigos, lo que derivó en que el propio Da Rocha dispusiera medidas de protección para ella.
A casi tres meses del crimen, la investigación avanza sobre múltiples líneas que podrían transformar el caso en un punto de inflexión para el análisis del narcotráfico en el NOA. La eventual presencia de figuras vinculadas a organizaciones criminales internacionales abre interrogantes sobre el alcance real de estas estructuras en la región y el grado de penetración en distintos ámbitos.
Fuente: Contexto
