
Al menos 43 adolescentes murieron y decenas sufrieron graves mutilaciones durante ceremonias tradicionales de circuncisión realizadas en Sudáfrica. Las autoridades atribuyeron buena parte de la tragedia al funcionamiento de escuelas de iniciación clandestinas, donde personas sin preparación llevan adelante intervenciones en condiciones extremadamente precarias.
Los rituales, conocidos como “Ulwaluko”, se realizan dos veces al año y forman parte de una tradición centenaria destinada a marcar el paso de los jóvenes hacia la adultez.
Durante la ceremonia, los participantes son separados de sus familias, cubiertos con arcilla blanca y trasladados a campamentos especiales, donde permanecen hasta tres semanas. Allí reciben enseñanzas sobre supervivencia, historia tribal y las responsabilidades que deberán asumir como adultos.

La circuncisión debería ser efectuada por cirujanos tradicionales experimentados. Sin embargo, numerosas operaciones son practicadas por personas sin capacitación que trabajan en establecimientos ilegales y utilizan instrumentos como lanzas antiguas, tijeras o cuchillas de afeitar.
Las cifras oficiales revelan la dimensión de la tragedia. Durante la temporada invernal de iniciación de 2026 fueron contabilizadas 43 muertes. En 2024, las ceremonias de invierno y verano dejaron un total de 93 fallecidos y 11 amputaciones genitales.
Un informe encargado por el Gobierno sudafricano documentó 322 muertes de jóvenes entre 2021 y 2024, además de miles de hospitalizaciones y numerosos casos de amputaciones.
Las principales causas de muerte son la gangrena, la septicemia y la deshidratación severa. También se registraron casos de adolescentes apuñalados, ahogados o golpeados hasta morir dentro de los campamentos.

Uno de los procedimientos más peligrosos consiste en envolver las heridas con vendajes extremadamente ajustados. Esto puede interrumpir la circulación sanguínea y provocar que los tejidos desarrollen gangrena en pocas horas, obligando a realizar amputaciones.
Después de la intervención, a algunos jóvenes les niegan el acceso al agua para evitar que orinen sobre las heridas. Esta práctica puede causar una deshidratación mortal. Otros no reciben atención médica a tiempo debido a creencias transmitidas dentro de los establecimientos clandestinos.
Las autoridades también denunciaron que grupos criminales secuestran a menores para someterlos a estos rituales y luego exigen dinero a sus familias para liberarlos. Existen reportes de víctimas de apenas 10 o 12 años, pese a que la legislación prohíbe el ingreso de menores de 16 años a las escuelas de iniciación.
En uno de los casos conocidos, el hijo de 16 años de una mujer llamada Anne Kumalo fue secuestrado junto con otros 22 jóvenes cuando se dirigía a un comercio. Los adolescentes fueron trasladados a una escuela clandestina situada a unos 32 kilómetros, en Soweto.
La familia aseguró que le exigieron 1.000 rands para recuperarlo y la amenazaron con matarlo. Cuando la Policía encontró el establecimiento, los jóvenes presentaban señales de haber sido golpeados y azotados.
Otro adolescente, identificado como Siyamthanda Siymthanda, de 13 años, murió en una escuela de iniciación de la provincia de Mpumalanga. Sus familiares afirmaron que había sido llevado contra su voluntad y sin autorización.
Sudáfrica prohibió la creación de establecimientos no registrados y estableció que quienes practiquen las intervenciones deben contar con formación y autorización. La Policía obtuvo además facultades para clausurar los campamentos clandestinos y detener a sus responsables.
Hasta el momento, las fuerzas de seguridad cerraron 42 escuelas ilegales, realizaron 40 detenciones y rescataron a 180 jóvenes.
El ministro sudafricano de Asuntos Tradicionales, Velenkosini Hlabisa, calificó las cifras como profundamente preocupantes y sostuvo que las prácticas culturales deben respetar la ley y garantizar la vida, la dignidad y la seguridad de cada participante.
A pesar de los riesgos, la presión social continúa siendo muy fuerte. Los jóvenes que se niegan a participar pueden ser tratados como niños, quedar excluidos de reuniones tribales y enfrentar restricciones para intervenir en diferentes actividades de sus comunidades.
Decenas de miles de adolescentes participan cada año en estos rituales. El desafío de las autoridades sudafricanas es preservar una tradición profundamente arraigada mientras persiguen a las organizaciones clandestinas que convirtieron las ceremonias de iniciación en escenarios de abusos, mutilaciones y muerte.
