
La salida de Manuel Adorni no clausura solamente la etapa de un funcionario que acumuló poder, visibilidad y desgaste dentro del gobierno de Javier Milei, sino que deja al descubierto la dimensión de una crisis que ya no pertenece exclusivamente a su figura.
El exjefe de Gabinete se fue, pero el gabinete queda expuesto ante la opinión pública, golpeado por una conversación digital que durante los últimos meses juzgó a los ministros más que como administradores de la gestión pública, para ubicarlos en una escena mucho más áspera: la del conflicto político y el escándalo personal.
En este contexto, asumió Diego Santilli sus nuevas funciones.
El funcionario amplía sus roles en un gabinete que necesite mucho más que una nueva coordinación política.
El dirigente de raíces peronistas y de pasado macrista, se reacomoda en una estructura atravesada por el fuego semántico que dejó Adorni, con ministros que aparecen bajo una nube de términos hostiles y con una Casa Rosada obligada a reconstruir una narrativa de gestión que perdió fuerza frente al ruido de la crisis.
El desafío es mayor porque Santilli no asume como una figura nueva o ajena a la conversación política.
Si bien su nombre no registra el nivel de exposición que alcanzó Adorni tampoco aparece en las redes como una figura inmune a la negatividad, tanto por su pasado como por su presente político.
La sustitución entre ambos presenta, por eso, una paradoja reputacional.
Santilli se reconfigura en el corazón del poder libertario con una centralidad digital mucho menor que la de su antecesor, pero también con una evaluación propia atravesada por niveles elevados de rechazo.
El nuevo jefe de Gabinete recibe un despacho donde todavía flota la sombra del escándalo y una mesa política donde sus movimientos pueden volver a activar una conversación a la que el Gobierno necesita bajarle de temperatura.
La salida de Adorni puede funcionar como una oportunidad para cortar una parte del daño, pero no alcanza con retirar a quien concentró la mayor cantidad de críticas.
La Casa Rosada necesita modificar el clima que rodea a sus funcionarios, reducir el volumen de la conversación adversa y volver a instalar temas que la opinión pública digital asocie con la gestión.
En otras palabras, Santilli no sólo deberá ordenar un gabinete, sino intentar rescatarlo de la escena reputacional en la que quedó hundido.
El costo que deja Adorni
Manuel Adorni monopolizó la conversación sobre el gabinete en redes sociales, especialmente luego del estallido del escándalo que lo involucró.
El exjefe de Gabinete se despidió concentrando casi el 70% de las menciones sobre los ministros, muy por encima de Luis Caputo, Karina Milei, Diego Santilli, Martín Menem y el resto de los funcionarios relevados por Monitor Digital.
El dato exhibe algo más profundo que un pico de popularidad o un simple aumento de visibilidad.
Conforme se agravaba el escándalo que lo tuvo como protagonista, Adorni dejó de funcionar como un integrante más del gabinete y se convirtió en el principal punto de atracción de una conversación política adversa.
Su nombre ordenó una narrativa crítica, por momentos virulenta, que luego se proyectó sobre el conjunto de la estructura libertaria.
Durante los últimos meses, Adorni adquirió una visibilidad negativa que rozó el 90% de rechazo.
A su alrededor, se concentró una narrativa cargada de términos como error, escándalo, corrupción, denuncias, deuda, censura, corrupto y mentira.
Esas palabras no describen solamente una discusión intensa, sino que construyeron un clima denso dentro del cual se ubicó el exfuncionario en el contexto de un repertorio simbólico donde la gestión perdió centralidad y el conflicto ocupó todo el espacio.
“Adorni es Milei”
La crisis en torno a Manuel Adorni golpeó sobre una zona identitaria del Gobierno crucial.
El exfuncionario no fue solamente un funcionario con mala reputación, sino una figura política del riñón libertario cuya caída disparó preguntas sobre el relato de pureza política que Milei presentó como una diferencia frente al resto de la dirigencia.
Y ese es el fantasma que Santilli deberá disipar con su reasunción en la Jefatura de Gabinete.
La salida de Adorni puede ayudar a reducir la asociación inmediata entre su nombre y el del Presidente, pero el corte no será automático.
En las redes, las crisis no desaparecen porque cambie un funcionario, sino cuando otra agenda ocupa el centro de la gestión.
La Casa Rosada necesitará algo más que un reemplazo; debe producir una narrativa distinta.
Santilli, una figura menos central y algo menos dañada
Durante junio, Diego Santilli fue un actor secundario dentro del elenco presidencial. El flamante jefe de Gabinete sumó apenas el 4,1% de las menciones entre los funcionarios relevados.
El contraste con Adorni resulta elocuente. Mientras el exjefe de Gabinete concentró casi siete de cada diez menciones, Santilli apareció en un segundo plano, lejos de la intensidad que dominó la conversación sobre su antecesor.
Ese bajo perfil digital contiene un aspecto favorable para el Gobierno. Santilli llega sin la sobreexposición que transformó a Adorni en un imán de negatividad.
No hereda una centralidad propia capaz de desplazar a Milei o de ocupar por sí solo el centro de la agenda política digital. Pero esa ventaja relativa no equivale a una reputación positiva.
Durante junio, Santilli se ubicó entre las figuras de mejor desempeño relativo dentro del relevamiento de Monitor Digital, aunque todavía dentro de valores negativos.
El dirigente de pasado macrista aparece tercero en la escala de sentimiento, sólo por detrás del ministro de Defensa, Carlos Presti, y de la vicepresidenta, Victoria Villarruel.
El nuevo jefe de Gabinete le saca ventajas amplias a Manuel Adorni, quien dejó la Casa Rosada como uno de los tres funcionarios con peor reputación digital.
Sin embargo, la comparación puede inducir a error. Diego Santilli llega con una reputación menos deteriorada que la de Adorni, pero no con una valoración positiva consolidada.
Asume funciones en la Casa Rosada mejor parado dentro de un gabinete que acumula problemas reputacionales, pero no llega blindado frente a la crítica.
