
Durante mucho tiempo, la mayoría de las películas, los libros y las canciones transmitieron una idea del amor asociada principalmente al sacrificio, a la intensidad y al sufrimiento. Dando por sentado que sufrir por alguien es la medida de cuánto se lo ama.
Hoy, si bien se amplió el acceso a la información y a discursos diferentes sobre el amor y los vínculos, todavía persiste una romantización de las historias “complicadas”.
Formas de amar
“Nuestra forma de relacionarnos en las parejas se va construyendo desde lo que aprehendimos de nuestros vínculos primarios y familiares y, también, a lo largo de la vida vamos tomando rasgos, modelos y formas de vincularnos de distintos lugares: la escuela, los amigos, la cultura y, hoy más que nunca, Internet y las redes”, explica la Lic. Gabriela De Marco, psicóloga psicoanalista, coordinadora general de RedPsicoEspacios, red de profesionales de salud mental y equipo interdisciplinario.
“Lo que podemos tomar, rechazar o transformar también depende de nuestra historia, de nuestras identificaciones y de cómo se fue construyendo nuestro psiquismo. Modificar aquello con lo que nos hemos identificado no siempre es sencillo. Muchas veces amamos como fuimos amados y si el amor, en nuestra historia, estuvo ligado al sufrimiento, es importante preguntarnos cuánto de eso seguimos repitiendo en nuestros vínculos actuales”, agrega De Marco.
Para comprender por qué todavía se romantizan las llamadas relaciones “tóxicas” hay que remontarse al momento del enamoramiento, donde reina la idealización y se suele depositar en el otro expectativas y deseos, esperando que sea justo lo que se necesita.
Cuando el enamoramiento va dando lugar a la construcción de un vínculo amoroso, es necesario poder encontrarse con ese otro real, con lo que gusta y con lo que no, y preguntarse si es posible amar y sentirse amados allí. La cuestión es que esto no significa aceptar cualquier cosa ni permanecer en un vínculo que hace daño. Encontrarse con el otro tal como es también puede implicar reconocer que hay cosas que no son tolerables y poder correrse de ese lugar.
Puede haber amor y, sin embargo, no es posible construir una vida juntos. Muchas veces el sufrimiento y el daño se instalan cuando se espera que el otro se convierta en ese ideal que se armó durante el enamoramiento.
Amar, dicen los profesionales de la salud mental, tiene más que ver con poder reconocer al otro en su singularidad y saber si, con lo que tiene y con lo que no tiene, podemos establecer un vínculo. En ese sentido, la terapia es el lugar propicio para preguntarse cuáles fueron los modelos de relaciones con los que se creció, qué se quiere conservar de aquello y qué ya no se quiere seguir repitiendo.
No se trata de decirle a una persona “salí de ahí” o “elegí mejor”. Muchas veces alguien sabe que un vínculo le hace sufrir y, sin embargo, no puede correrse. Entonces, las preguntas son otras: ¿por qué una y otra vez quedo en lugares que me hacen sufrir?, ¿por qué insisto donde no me siento amado?, ¿qué sigo esperando de ese otro?, ¿qué de mi propia historia se repite en mi forma de vincularme?
Los vínculos sanos, ¿aburren?
“Creo que el primer paso para dejar de idealizar las historias que consumimos en series, películas y ficciones donde el amor se equipara con sufrimiento es aceptar que el amor es una decisión que se construye todos los días. Eso no significa que todo deba ser color de rosa: las diferencias y los conflictos existen, pero la clave está en conocer nuestros propios límites, sin confundir el dolor con una prueba constante de amor. El amor debería ser el lugar al que recurrimos para apagar el sufrimiento, no para alimentarlo; un espacio donde buscamos paz en lugar de intensidad. Debería ser un refugio donde podamos sentirnos seguros, respetados y acompañados”, dice Ángeles Alonso Saavedra escritora y fonoaudióloga, autora de Entre Mares, su primera novela, en donde la protagonista comienza un proceso de sanación mientras se enamora y en la que se propone una mirada más madura y necesaria respecto de los vínculos.
“Lo que intento mostrar con esta historia es que el amor no cura por sí solo ni tiene el poder de reparar todas las heridas. Pero sí puede acompañar, sostener y brindar un espacio seguro desde el cual sea más fácil animarse a sanar. Siempre la decisión, la voluntad y el trabajo de reconstruirse pertenecen a uno mismo. Incluso creo que es peligroso depositar en otra persona la responsabilidad de salvarnos, porque ninguna relación puede sostener ese peso. El amor puede ser un refugio, un impulso o un compañero de camino, pero nunca el reemplazo del propio proceso de sanación”, reflexiona la autora.
Entonces, según la psicología, no todas las personas pueden apropiarse de los nuevos discursos respecto a las relaciones románticas de la misma manera, ni alcanza con acceder a la información para modificar la forma de amar. Para algunas personas, la intensidad, la incertidumbre, la espera o incluso el sufrimiento quedaron asociados a lo que aprendió sobre el amor.
Cuando se encuentran con un vínculo donde pueden sentirse amadas, donde el otro está disponible y no es necesario perseguirlo o vivir con miedo a perderlo, pueden sentir que “falta algo”. Quizás —dicen los profesionales de la salud— lo que falta no sea amor, sino aquella intensidad a la que esa persona cree que es el amor.
Así, pueden aparecer frases como “no hay química”, “me aburro” o “no me pasa nada”. Y ahí la recomendación es que la persona se pregunte: ¿necesito estar en riesgo de perder al otro para desearlo?, ¿necesito que no me elija para seguir intentando ser elegido?, ¿qué aprendí yo acerca de lo que significa amar?
“Amar a otro implica poder reconocer que es otro, que tiene sus propios deseos y límites. La pregunta no sería solamente por qué nos aburrimos en vínculos sanos, sino qué esperamos que el otro nos dé y por qué, cuando no lo encontramos, sentimos que algo falta”, concluye De Marco.
