
Las harinas refinadas son altamente consumidas y suelen ser imprescindibles en nuestros menús diarios. Pero, ¿qué sucede si dejamos de incluirlas en nuestras dietas? Según estudios de la American Journal of Clinical Nutrition y de la Universidad de Harvard, reemplazar este componente por integrales sería de gran ayuda para evitar un deterioro de nuestro organismo.
Las harinas blancas poseen ese color porque son ultrarefinadas y con ello los nutrientes, vitaminas y minerales que posee el trigo y los diferentes cereales con los que se preparan son menos. En su lugar, se introducen ingredientes que a la larga podrían tener injerencia en diferentes funciones del cuerpo, como los niveles de azúcar en sangre y la grasa acumulada.
La sociedad argentina tiene como uno de sus mejores aliados al pan blanco, ese que acompaña en cada almuerzo y cena. Una vieja costumbre que aún perdura, al igual que las facturas, las galletitas, las tapas de pascualina, las pastas, pizzas, postres, etc.
A la hora de consumir harina, se ingieren carbohidratos en exceso y almidón, que está presente también en la papa y otros tubérculos, en el arroz blanco, el maíz y el azúcar. Es por ello que se recomienda disminuir la ingesta diaria de alimentos procesados que lo posean, ya que como explica la revista de investigación Archivos Latinoamericanos de Nutrición, este polisacárido, en su estado no resistente, pierde todos los beneficios nutricionales y aportan un aumento de las microbiotas en el intestino.
