
Una vida activa es más saludable. Pero hay momentos en que la persona debe adoptar un ritmo más lento, un enfoque comúnmente conocido como Vivir slow o lento.
“En la vida lenta, no se trata de hacer menos, sino de hacer más con mayor enfoque y propósito y a la velocidad correcta”, asegura Laura Malloy, directora del Programa de Envejecimiento Exitoso del Instituto Benson-Henry de Medicina Mente-Cuerpo, afiliado a Harvard. “Se trata de disfrutar los momentos y poner más energía y disfrute en menos cosas”.
Calidad sobre cantidad
Los adultos mayores podrían estar dejando atrás los agitados años de trabajo y obligaciones familiares. Sin embargo, muchas personas mayores afirman que están más ocupadas ahora, mientras hacen malabarismos con nuevos intereses y compromisos.
“Es difícil saltar de la cinta de correr del ajetreo cuando has estado en ella durante tanto tiempo”, reconoce Malloy. “Pero un aspecto de la vida lenta es que te ayuda a evaluar lo que es importante y lo que ofrece el mayor placer, y a lo que deberías considerar renunciar. Te enseña a valorar la calidad sobre la cantidad”.
Practicar la vida lenta puede ofrecer indirectamente beneficios para la salud, como:
.Reducir el nivel de estrés y presión arterial a medida que uno se vuelve más consciente durante el día.
.Mejorar las interacciones sociales al enseñar a participar más en conversaciones en las que se escucha más y se habla menos.
.Fomenta una mayor conciencia del entorno y de cómo se mueve el cuerpo, por lo que es menos probable que se cometan errores que podrían causar lesiones.
.Mejorar la concentración y la memoria a corto plazo como consecuencia de estar más atento.
“Puede ayudar a olvidarse menos de acciones recientes, como si se cerró la puerta principal, se apagó la estufa o se tomó un medicamento”, agrega Malloy.
Cinco estrategias para hacer la vida más lenta y saludable
1-Participar en rutinas. Sin pensar, hacemos muchas tareas diarias, como bañarnos, cepillarnos los dientes, preparar café y lavar los platos. En lugar de hacerlos en piloto automático o apresurarse para completarlos, tratar de estar completamente presente en el proceso. Por ejemplo, al ducharse, observar el olor del jabón y cómo el agua caliente calma los músculos. Si se está apurado o la mente divaga, hay que centrar la atención en las diversas sensaciones. “Prestar atención a los detalles más pequeños como este puede ralentizar todo el ritmo”, dice Malloy.
2-Dar un paseo consciente. Usar un entrenamiento regular de caminata para practicar la atención plena. “No te concentres en correr del punto A al punto B”, indica Malloy. “En cambio, hay que prestar atención al entorno y usar todos los sentidos. Observar el paisaje, escuchar los sonidos de los pájaros, sentir el olor del aire y cómo se siente el sol contra la piel”.
3-Hacer un minidesenchufe. Pasar de 15 a 20 minutos cada día desconectado del mundo. Sin computadora, teléfono, TV o interacciones. Solo estar presente y no hacer nada. “Esto obliga al cuerpo y mente a disminuir la velocidad, y se puede notar lo renovado que se siente después de desconectarse por un tiempo”, asegura Malloy. La investigación también ha demostrado que el tiempo dedicado a dejar que la mente divague puede mejorar la creatividad y las habilidades para resolver problemas.
4-Elegir un nuevo pasatiempo. “Tendemos a estar más atentos y saborear la experiencia cuando hacemos algo que disfrutamos”, afirma Malloy. Considerar una nueva actividad o interés, o volver a intentar con uno del pasado.
5-Hacer solo una tarea. Cuando nos enfrentamos a múltiples tareas domésticas, tendemos a centrarnos en completar la lista en lugar de tareas individuales. En cambio,, se sugiere completar solo una tarea y dejar el resto para más tarde. “Esto ayuda a mantenerse comprometido hasta que la tarea esté terminada y ofrece una maravillosa sensación de satisfacción y aprecio, lo que refuerza aún más los beneficios de reducir la velocidad”, finaliza Malloy.
