
El inmunólogo Facundo Di Diego relata: “En la mayoría de los laboratorios el día a día es muy cuesta arriba, tanto por la falta de fondos como por el bajo salario y las malas condiciones. Se estira la vida útil de los reactivos, se reducen experimentos, se deja de ir a congresos afuera y se empeoran las condiciones generales”. Y completa: «Si bien es posible completar con docencia universitaria, es una actividad igualmente devaluada. También se pueden dar clases particulares, o bien, otras actividades no relacionadas con la profesión. Conozco muchos que después de hora hacen Uber o Rappi. Yo mismo lo consideré“.
Mercedes Pastorini, becaria posdoctoral del Conicet especializada en virus del papiloma humano y cáncer, explica que “todo depende de si tu laboratorio tiene o no financiamiento. Pero, de cualquier manera, se planifica todo una y mil veces. No se hacen experimentos sin estar completamente seguros de que son los correctos. Todos los recursos los exprimimos al máximo”.
La precarización laboral y la falta de horizontes que enfrentan los jóvenes investigadores en el país también se advierten en una cobertura médica que funciona según las regiones. La última vez que los científicos salieron a pelear por sus derechos y que se normalice el servicio se llevaron una paliza.
Manuel Crespo, que concentra sus esfuerzos en cronobiología, tiene una beca doctoral del Conicet que se prolongará hasta marzo de 2027. Desde aquí, apunta: “La situación actual es muy complicada, porque hay un brutal desfinanciamiento que pega por todos lados. Nuestros sueldos están casi congelados desde diciembre de 2023, porque prácticamente no recibimos aumentos. Actualmente, cobramos menos de 1.200.000 pesos. No tenemos subsidios con los cuales trabajar, no tenemos dinero para hacer experimentos; entonces hay que dejar de hacerlos o cambiarlos por otras estrategias menos ambiciosas».
Los que piensan en emigrar
Ante esta encrucijada que plantea el Gobierno, con el ajuste y la falta de perspectivas, algunos jóvenes talentos ya piensan en dejar el país. Crespo cuenta su experiencia personal: “Por suerte obtuve una beca del gobierno de Brasil y me fui seis meses a un laboratorio de allá y pude concretar algunos experimentos que acá no hubiera podido hacer. No eran ensayos demasiado caros, pero estamos tan desmantelados que no se podían hacer en Argentina”. Y continúa: «A mí me gustaría quedarme, pero lamentablemente estamos entre la espada y la pared. Nos están echando directamente. Muchos se van afuera o pasan al sector privado“.
Por su parte, Di Diego cuenta que consiguió una beca por seis meses con posibilidad de actualizar por otros seis meses más para trabajar en una patente. Sin embargo, admite que “es demasiado inestable” y que “lo más probable es que al concluir esta beca me vaya afuera”. En paralelo, ya envían correos electrónicos a algunos laboratorios internacionales con los que tienen vínculos para averiguar condiciones e ir preparando el terreno ante una eventual salida.
Asimismo, la mayoría de los científicos que decidió buscar una oportunidad en el privado lo hizo porque emigrar con una familia ya formada resulta mucho más difícil que hacerlo sin esa realidad. Hay que pensar que un joven investigador en Argentina puede tener un promedio de 35 años. De todas maneras, ingresar al privado no se traduce en un camino directo. A diferencia de lo que sucedía años atrás, cuando las empresas tomaban a los investigadores rápidamente porque estaban sobrecalificados para los puestos requeridos, en el presente es más difícil. Básicamente, ante el estancamiento económico, ningún rubro está tan dispuesto a incorporar postulantes por más pergaminos que tengan.
Los que ya emigraron
La historia de la biotecnóloga Melisa Lamberti es distinta: sin un horizonte claro en Argentina, no lo pensó dos veces y decidió marcharse. «En diciembre de 2023 conseguí un lugar en un laboratorio en la Universidad de Miami. Ahora sigo haciendo mi postdoctorado en esta institución. La verdad es que no quiero volver a Argentina porque seguir en la academia está muy difícil. No hay subsidios, no podés investigar y sería volver para quedarme estancada“. Y agrega: “Todo el trabajo que hice en Miami en dos años y medio hubiera sido imposible en Argentina, cuando no hay plata para comprar los insumos más básicos”.
Juan Ispizúa hace su postdoctorado en la Universidad de Washington. Formado en neurobiología, actualmente estudia cómo el sistema nervioso se adapta luego de traumas como las amputaciones de miembros. “Me fui de Argentina a finales de 2024 con una beca bastante prestigiosa que me permite trabajar en un laboratorio afuera. Mi idea siempre fue hacer un posgrado en el exterior para vivir la experiencia de formarme en otro país con otro acceso a la tecnología, con el proyecto de volver e intentar democratizar ese acceso”. Y sigue: “Al terminar mi doctorado, ese deseo se volvió imperativo: quedarse en el país significaba no solo perder oportunidades formativas y continuar un estilo de vida ya de por sí magro, sino que las pocas oportunidades que existían estaban escaseando. El gobierno anticiencia de Milei ya daba pasos firmes de desfinanciamiento masivo de proyectos de investigación“.
Las historias de Di Diego, Pastorini, Crespo, Lamberti e Ispizúa apenas representan algunos ejemplos. Hay muchísimos más. De hecho, al cerrar esta nota seguían llegando los mensajes de más jóvenes investigadores que estaban dispuestos a contar su presente.
No es cuestión de socializar lamentos que ocurren a puertas cerradas en todos los laboratorios del país, sino de entender que los jóvenes investigadores son quienes mueven los engranajes de la ciencia local. Si esos engranajes dejan de moverse –como ya está sucediendo– la producción de conocimiento se frena./Pagina12
